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Full text of "Las manos juntas [microform]"

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93-81668-10 



MICROFILMED 1993 



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A UTHOR: 



CRUCHAGA 
SANTA-MAR 




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ÁNGEL 



TITLE: 



LAS MANOS JUNTAS 



PLACE: 



SANTIAGO DE CHILE 



DA TE: 



1915 



Restrictions on Use: 



COLUMBIA UNIVERSITY LIBRARIES 
PRESERVATION DEPARTMENT 



Master Negative # 



BIBLIOGRAPHIC MICROFORM TARHFT 



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Cruchaga Santa-Laría* Ángel G 

... Las manos juntas. Santiago de Chile # Inipr 
universitaria. 1915» 

117 p» Iffrr om. 






At head of title: Ángel C Cruchaga Santa-Mária 
On cover: Ángel C Cruchaga S. M. 



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LAS MANOS JUNTAS 



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ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



LAS MANOS JUNTAS 




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Santiago de Chile 
IMPRENTA UNIVERSITARIA 

BñNDERfl, 130 

1915 



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PARA USTED... 




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Para usted que sonríe y es Lhiguida y armo- 
ntosay como la reina de algún país floiádo y 
tacihirno. 

Para sns ojos enormes que están sobre mi 
vida exangüe y débil, qnietos y segttros de algo 
desconocido y supremo. 

Para usted, porque siento sti corazón desva- 
necerse Junto al 7'2imor de mi espíritu difuso y 
que se encorva en la mtierte en la actitud de un 



8 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



árbol anciano, qne ya no puede avanzar sus 
ramas hacia las constelaciones . 

Acaso tcsted lea es ios versos en los crepúscu- 
los tercos^ Citando la onda Itcminosa del día se 
disnelve en el mar obscuro. 

Para sus ojos azules donde adivino el conti- 
nuo abatimiento de thí madre ^ y el sabor a Dios 
qtie fitiia de los ojos inefables y claros de la 

hermana muerta. 

* 

Para tcsted que ríe en las palabras de los 
mnos. 

Para tcsted, . . 



PRÓLOGO 



Este libro hondo, doloroso y nuevo — como unos 
ojos de mujer que al pasar se nos abrieron profun- 
dos como abismos, grandes como una desolación y 
que nunca vimos otra vez — está hecho con cruji* 
mientos de cerebro, con crispaciones de sensibili- 
dad, con hálitos de alma. 

Lo hizo el dolor de un enorme corazón. Su roja 
savia, en un fuerte y prolongado estrujamiento, se 
exprimió toda sobre las raíces más hondas del árbol 
del pensamiento y floreció en el perfume extraño y 
sutil de estos versos. 



lO 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



LAS MANOS JUNTAS 



Toda idea es un dolor: nada nace del cerebro in- 
nienso del universo ni del que en el hombre es su 
perfecta miniatura, sin que algo se estremezca, se 
desgarre o muera. Un cerebro en actividad es un 
enfermo en constante crisis. Hablo de los que han 
sentido el dolor de ver desvanecerse algo que era 
suyo, algo que en ellos fué amor, al fulgor inespe- 
rado de una nueva revelación. No hablo de los neu- 
rasténicos, de los que bebieron en vasos de oro el 
veneno divino de ajenos martirios. Para aquellos, 
toda mi admiración; para éstos, mi más profunda 
compasión. 

Este libro es grande, porque es muy grande el 
mal de que padece el poeta que lo escribió, porque 
su mal es incurable y nada hay más formidable, ni 
en el misterio ni en la realidad, que un imposible. 
El caos es menos obscuro, porque en su fondo pal- 
pita la luz de todas las probabilidades. La nada 
misma es algo: un principio de germinación vital, 
una esperanza latente. Pero esto que está roto y 
aun no se ha quebrado; esto que está ya muerto y 
todavía palpita; esto que es vida, porque es parte 
integrante de la vida, y que sin embargo es rechazada 



por la vida; este gemido que se quedó vibrando, este 
relámpago que se quedó en suspenso; esto es tan 
grande, que llega a ser absurdo: es como si la nada, 
ante la estupefacción y la impotencia de los mun- 
dos, se alzara sobre sí misma hasta ponerse delante 
de Dios, como un prodigio frente a otro prodigio. 

De todo esto está enferma el alma de Ángel Cru- 
chaga; y mi sano escepticismo de la vida, acaso 
sonriera irónicamente sobre las contorsiones extra- 
ñas de este dolor, a no haberse hecho en mi cere- 
bro y en mi espíritu la certeza de que el poeta que 
hoy se presenta en el alto tablado de la literatura, 
no es un actor: es un hombre. 

Presiento, sin embargo, que en muchos labios no 
se quebrará la frágil elegancia de esta sonrisa. 

El natural egoísmo, el amor al propio yo, llevado 
hasta la adoración extática, son en verdad necesa- 
rios a nuestros jóvenes intelectuales para no quedar 
rezagados en esta loca ascensión hacia cimas glorio- 
sas, reales o imaginarias; pero ellos desmienten sin 
duda alguna la amplitud de que todos hacemos alar- 
de. Nadie escucha a nadie; cada cual oye su propia 
voz y en ella tan sólo se deleita. Cuantas veces en 



12 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



el tumulto de una discusión literaria, he visto des- 
vanecerse el triunfo de una idea bellamente nueva, 
a los gritos de los que creían elevarse porque alza- 
ban el tono de su voz sobre la tortura de mis ner- 
vios y de mi cerebro. 

Yo sé que la comprensión de este libro no llega- 
rá a muchos espíritus por el camino ancho y lumi- 
noso levantado sobre el propio camino, surgiendo 
desnuda y blanca de los despojos de un total re- 
nunciamiento. 

Y quizá si aun por ese camino tampoco llegara, 
porque para comprender la magnitud sobrehumana 
de este dolor, precisa haberlo sentido o adivinado y 
para adivinar las cosas que en nosotros todavía 
no han sido, es necesario haber echado a volar mu- 
chas veces por los horizontes sin confines de la vida 
el negro cuervo de la duda y la paloma mansa del 
ensueño; dos ojos enormes extraviados en la con- 
templación del infinito; dos alas blancas extendidas 
sobre la desolación del vacío, bañándose de imposi- 
ble en el éter de la luna. Hay que saber de ese des- 
garramiento mortal que se siente cuando, una vez 
echado sobre el espléndido tablado del día el seve- 



LAS MANOS JUNTAS 



13 



ro y pomposo cortinaje del crepúsculo, algo que en 
nuestro ser se hizo divino escapa temblando de nos- 
otros, para reunirse a la farándula de la vida que, 
alucinada y loca, se marcha sin saber a donde. Y 
luego haber sentido que ese algo volvía a nosotros, 
en la onda de un perfume, de un suspiro, en las 
quejumbres de una canción, en las notas pierrostes- 
cas de una enferma mandolina, o flotando como es- 
trella en las aguas azulosas de unos ojos de mujer. 

Y acaso todo eso no bastara; porque cuando ese 
algo no volvió y la espera se fué prolongando y se 
hizo insomnio, fatiga, desesperación, hay que saber 
de esas manos, que no fueron las nuestras, y que se 
alzaron en la crispación de un anhelo enorme, para 
caer vencidas, mansas y humildes y poco a poco 
juntarse, como se juntaron estas manos, en la más 
sublime de las plegarias: la que nunca llegará hasta 
Dios. 

Y hecho el alto y fuerte muro del silencio, sentir 
tan sólo el latido del propio corazón, y a su ritmo 
doloroso, ondulante e impreciso, ir trazando los es- 
bozos de otro mundo; mientras sobre el cerebro, 
abierto como un gran oído a los ruidos exteriores, 



14 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



el absurdo del análisis va filtrando su polvillo nebu- 
loso y sutil. 

Y estrujando en el vaso arcilloso y sediento de la 
vida, en la agonía lenta y espantosa de una y una 
gota, todo el barro, la luz y el éter de la sublime tri- 
nidad Carne, Cerebro y Espíritu, ver enturbiarse el 
éter, palidecer la luz con el vaho horrendo de un de- 
seo imposible, que asciende sin cesar, buscando inú- 
tilmente en Dios y en los mundos espacio para su 
grandeza. Y abatir la frente estigmatizada y en la 
hoguera de un ansia inextinguible, ir consumiendo 
poco a poco, átomo por átomo nuestro ser, para que 
el anhelo de belleza, hecho esencia, se diluya en las 
alturas luminosas y tome formas nuevas en la men- 
te creadora. Y sentirse más solo cada vez y día a 
día agonizar en este trozo de carne, para renacer 
enorme en la vibración universal. 

Y al alzar de los mundos del espíritu los ojos car- 
gados de visiones, teaer miedo de mirar, por no ver 
un universo en cada cosa, por no sentir el vértigo 
de querer diluirnos en todo para nacer de nuevo y 
de huir de todo para no morir. 

Tal vieron mis ojos, cuando en mística y sobrehu- 



LAS MANOS JUNTAS 



15 



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mana peregrinación, llevaron la alucinación de mi 
espíritu y el suplicio de mi cerebro por el blanco ca- 
mino de este libro, donde el poeta para que no me 
extraviara, me fué dejando el ritmo de su música in- 
terior armoniosa y nueva. 

Yo que ya encontré mi vida y que vivo auscultan- 
do serenamente en el alma moderna, que flota defor- 
me y diluida en el concierto de la vida eterna e in- 
mutable, he sentido el extravío de esta extraña y 
desconocida complicación. 

Por eso reclamo para este poeta el título de oriji- 
nal y lo reclamo de los pocos pensadores que en 
Chile pueden vanagloriarse de haber evolucionado 
dentro de su propia personalidad, porque ellos serán 
los únicos capaces de comprender que por la herida 
abierta al grito de su corazón, filtraron los filamen- 
tos sutiles que vagan en los seres y las cosas, como 
filtra la música triunfal de la luz por la rendija de la 
puerta que mantiene en el silencio y la penumbra 
los secretos de la alcoba. 

De los otros, nada reclamo, porque nada podrían 
darme. Ellos, los que en vez de curar han agravado 
su miopía natural, con el uso inmoderado de lentes 



i6 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



— que en otros fueron pupilas de superior visual — 
buscarán entre su abundante y variada colección el 
lente de la marca más acreditada para colocarlo de- 
lante de los ojos claros y serenos de este poeta. 
Y harán bien; que siempre el hombre dudará de lo 
que está fuera del límite de su comprensión o de lo 
que fué un fracaso en la prueba experimental. 

Tampoco reclamo este título de los pontífices so- 
lemnes de nuestra literatura, poseedores de la verdad 
absoluta e inmutable y guardadores e intérpretes 
infalibles de las leyes con que pretenden aprisionar 
la intangibiiidad de las ideas y modelar las formas 
caprichosas, infinitas y mudantes de la belleza. Si 
a tanto llegara mi osadía, ellos, rasgando la majes- 
tad de sus vestiduras, dirían que blasfemaba contra 
la divinidad de sus ídolos y arrojarían sobre este 
libro el estigma oprobioso de su iracunda sabiduría, 
con la misma insolencia con que Pilatos arrojó la pre- 
gunta formidable, que aun no ha sido contestada, 
sobre el único y sublime silencio de Jesús. 

No ignoro que será escasa la compañía, pero con 
ella me quedo. Prefiero un Shakespeare, envuelto en 
la austeridad de su capa raída al roce de los siglos 



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LAS MANOS JUNTAS 



17 



viajeros, a estos flamantes literatos, con sus trajes 
multicolores, hechos en alguna sastrería de moda, al 
gusto del cortador importado. 

La incomprensión, ¿qué importa? Este Hbro, como 
toda obra humana, cumplirá totalmente su destino. 
Nadie podrá impedirlo. El mundo no se detendrá 
para aguardar a que se acerquen los que quedaron 
rezagados. Todos pasarán fatalmente por la misma 
senda, pero es ley de equilibrio y de armonía que 
unos precedan a los otros en la marcha. Nadie ca- 
rece de luz; todos, hasta los más ciegos, ven; sin em- 
bargo, la luz que abajo llega débil e impura, no tiene 
la misma transparencia de la que en la altura es ni- 
tidez, sabiduría y verdad; y su color que a distancia 
se diluye tomando matices diversos, es un solo y 
único matiz en la fuente de donde emana. 

El hombre es una sombra en la aurora sucesiva 
de la evolución, y seguirá siendo sombra mientras 
sobre el plano en que se opera el milagro de su des- 
doblamiento, caiga más pura y más viva la luz que 
viene de los planos superiores. 

Entre tanto el mundo sigue estremeciéndose con 
los temblores de un formidable anunciamiento. 

2 



i8 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



Ángel Cruchaga entrega toda su vida en este li- 
bro y como un puñado de oro purísimo la arroja a 
la hoguera donde se funden las ideas de todas las 
edades, que habrán de vaciarse como en un crisol 
en el cerebro del genio prodigioso que se aproxima. 

Este holocausto voluntario y total del poeta pare- 
cerá un absurdo a la incomprensión; pero no lo será 
para los que tienen fe en la propia resurrección, para 
los que están abreviando el tiempo, a cuya expira- 
ción, un hombre vendrá a vivir por todos los hom- 
bres que fueron, el último día de la evolución, que 
será el primero de otro universo, que acaso ya sea 
una palpitación en la mente fecunda y portentosa 

de Dios. 

Cultivadores de ideas en la tierra blanca de la 
luna: a la vuelta de esta hoja que la inquietud de un 
triunfo hace ondular, hondo, doloroso y nuevo, un 
gran poeta aguarda; y mi hidalga cortesía se ade- 
lanta a saludar en vuestro nombre su llegada. 

Tomás Gabriel CHAZAL. 



LA SOMBRA ARMONIOSA 



i8 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



Ángel Cruchaga entrega toda su vida en este li- 
bro y como un puñado de oro purísimo la arroja a 
la hoguera donde se funden las ideas de todas las 
edades, que habrán de vaciarse como en un crisol 
en el cerebro del genio prodigioso que se aproxima. 

Este holocausto voluntario y total del poeta pare- 
cerá un absurdo a la incomprensión; pero no lo será 
para los que tienen fe en la propia resurrección, para 
los que están abreviando el tiempo, a cuya expira- 
ción, un hombre vendrá a vivir por todos los hom- 
bres que fueron, el último día de la evolución, que 
será el primero de otro universo, que acaso ya sea 
una palpitación en la mente fecunda y portentosa 

de Dios. 

Cultivadores de ideas en la tierra blanca de la 
luna: a la vuelta de esta hoja que la inquietud de un 
triunfo hace ondular, hondo, doloroso y nuevo, un 
gran poeta aguarda; y mi hidalga cortesía se ade- 
lanta a saludar en vuestro nombre su llegada. 

Tomás Gabriel CHAZAL. 



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LA SOMBRA ARMONIOSA 



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HUMEDAD 



En la pieza he sentido la humedad 
de la tierra benigna, como un soplo 
que trajera la muerte. 
Es la humedad que sentirá la estrella, 
las almas que analizan 
el desenvolvimiento de las cosas 
en la malla indecisa del silencio. 
Humedad de los huesos 
que atormenta la luz y el imposible. 
La humedad de ser triste 



22 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



como un camino abandonado y hosco 

donde se recuestan las neblinas, 

esas mujeres lánguidas y enfermas. 

En mi pieza en penumbra se doblega 

un soplo de humedad, como una mano 

fría que se acerca a nuestra carne, 

la mano de un espíritu 

que buscara la vida 

para disolverla entre sus dedos. 

Contemplo las imágenes 

de la pared, y las encuentro tristes, 

como sintiendo miedo de la muerte. 

He mirado las sombras 

buscando unas pupilas, 

y en las manos frías, como un soplo 

he tenido temblando 

la onda de su alma. 



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MI SOMBRA 



Mi sombra en la pared parece triste, 
como la sombra que dejara un muerto. 
¡Oh sombra atormentada 
por el padecimiento de mi vida! 
Cuando los amigos me abandonen 
parecerás más débil y doliente, 
y tendrás el temblor de la agonía 
en el silencio azul de las callejas. 
Amiga que me sigues 
para decirme frases que me alivian. 



24 



ÁNGEL C. CRUCHAOA SAN fA-MARIA 



Amiga, me conversas 

del brote de los árboles, 

de las luces dolientes de las calles, 

de Dios, que me contempla 

en el florecimiento de las cosas 

y en los ojos cristianos de mi madre. 

¡Oh sombra atormentada 

la que brotó de mi cerebro triste! 

Como un sueño de Dios en el silencio 

de mi carne de luz y de neblina, 

semeja un velo azul, 

y cubre las heridas de Jesús. 



A MIS PADRES 



Yo fui el arbusto tímido 
que brotó de la savia 
de vuestra vida noble y silenciosa. 
Yo fui como el mendigo 
a quien vosotros estrecháis la mano: 
el mendigo doliente 
que embelleció de luz y de tristeza. 



En la nada triste de mi ser 
siento las raíces de vosotros 



26 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



y quisiera ser bueno, 

como la luz y el agua que se entregan 

en los campos dormidos 

a los besos alegres de la tierra. 



Quisiera ser la tarde 
para vendar los males del poeta 
con las solemnidades de la hora. 
Pero es mi vida pobre. En la miseria, 
como un anciano caminó mi espíritu 
hacia el arco de luz del imposible, 
en la ciudad azul de la locura 
donde ríen los labios del misterio. 



Yo fui el arbusto tímido 
que brotó de la savia 
de vuestra vida noble y silenciosa: 
plena del Dios que se encarnó en la hostia 
y de la virgen que aromó el pesebre. 



BROTES DE LUZ 



Al mirar los naranjos que tienen brotes nuevos, 
he recordado a Dios, a unos ojos azules 
y he sentido la blanca alegría del agua. 
Como la dulzura de los convalecientes, 
un cansancio de amor, de luz y de silencio. 
En la serenidad de los árboles miro 
castidades que duermen alejadas del cielo. 
Los brotes nuevos son alegres como niños, 
y se ríen del sol, del crepúsculo azul 
y de los amoríos serenos de las aves 



28 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



y en la noche se doblan como sintiendo sueño 
y contemplando el cielo parece que se hunden 
durmiendo, en la inquietud de luz de las estrellas. 
Los brotes nuevos son alegres como niños. 



11?' 



DEL ABANDONO 



Acaso en la mañana blanca del ataúd, 
cuando estés amarilla, mordida por gusanos, 
sollocen mis campanas, locas de juventud, 
por la enorme distancia de tu rostro y tus manos. 



Acaso en un silencio aromado en virtud, 
mi alma — la niña triste de ideales sobrehumanos — 
se muera entre los brazos de tu cruz. La inquietud 
florece en la cadena de mis días malsanos. 



30 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



Cuando pienso en la angustia interior de quererte, 
cuando en el milagro extraño de la muerte 
se junte mi imposible al imposible eterno, 



como última sonrisa, mi vida desgraciada 
será un blanco satélite de la tuya cansada, 
allá por las sangrientas auroras del infierno. 



ESPÍRITU 



En esta hora prolongada y triste 
tu recuerdo retoña en la agonía 
blanca del corazón, lleno de luna. 



Alzaré mi cantar como los fuegos 
fatuos, que se alzan de las sepulturas; 
«1 cantar impreciso, por el pálido 
vivir que se prolonga y que me hastía, 
porque no veo tus pupilas claras. 



32 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



si tu rostro está pálido o sonríes 
dolientemente como yo. Tus ojos 
en el desgarramiento de mis horas, 
dejan un lloro silencioso y hondo. 
Siento nostalgias de tus manos finas, 
— manos que no besó mi corazón; — 
de ellas, las pequeñitas y dolientes, 
las que se mueren en las horas tristes 
en que se acerca el imposible. Acaso 
la esquila de tu amor vibra lejana: 
que me llame, que ponga en el silencio 
espiritual y blanco de mi vida, 
como una vibración interminable. 



En esta hora prolongada y triste, 
vengo de los caminos del espíritu, 
más allá de la tierra del misterio: 
vengo de la tarde sin crepúsculo, 
donde todo se muere en un aroma 
de virgen y de estrella... 



LAS MANOS JUNTAS 



33 



¿Y se queja por mí ía voz agónica 
de la campana de tu corazón? 
¿Y aquel abatimiento de tus ojos? 
¿Y las amarilleces de tu cara 
del color de los huesos? Y te inclinas 
llorando con el rostro entre las manos. 
Y el amarillo campo de la nada 
brilla con el fulgor de tus cabellos 



Y siento disolverse mi cerebro 
en una lejanía que tú aromas. 
Miro de tan allá... de los linderos 
desconocidos de una vida extraña, 



¡Ojos de la imposible, ojos azules! 
¿Lloraréis mi doliente lejanía? 
¿Y allá, en la mansedumbre del silencio, 

se crisparán las manos dolorosas? 

3 



34 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



Cabellera que pone en la penumbra 
de mi mal, una nube luminosa: 
una constelación. ¡Oh cabellera! 
sobre la cual mi corazón deseara 
morirse lentamente, como una 
música que agoniza y se disuelve. 



SILENCIO MÍO 



Silencio mío, lecho donde puedo dormir; 
jamás te turbaría mi voz desencantada: 
mi corazón, tu amigo, busca para morir 
ese camino muerto que conduce a la nada. 



Silencio, me pareces una mujer muy fina 
cuyo cuerpo abrazamos y el corazón no siente: 
impreciso perfume de luz y de neblina 
que besa nuestro espíritu y se va en el ambiente 



36 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



En ti agoniza todo en el sueño volcado; 
se disuelve lo impuro de la carne dormida 
y en virtud luminosa se convierte el pecado, 
y la estrella no tiembla y se esconde la vida. 



Silencio, tú en mi pieza te acercas con la vaga 
apariencia que tienen las mujeres que han muerto: 
vienes como una sombra y mi cuerpo naufraga 
en tu lecho insensible, como un sepulcro abierto. 



Silencio, por ti he visto la mirada de Dios; 
tu adormeces mi angustia como una madre buena: 
aquietas mis paisajes y diluyes la voz 
de la vida, en las calles donde el vulgo envenena. 



Y cuando esté amarillo sobre el lecho, insensible, 
tú me darás la mano de luz y de neblina: 
mis ojos muy abiertos verán el imposible 
y Dios y las estrellas vendrán a mi retina. 



PADECIMIENTO 



La falta de tus pupilas 
cuanto sintieron mis huesos! 
Pensando en tu cabellera 
agoniza mi cerebro 
y el corazón se reclina 
en la almohada del silencio. 
Un agua fría, muy fría 
va cayendo en mi cerebro. 

Mis manos quieren morir 
al saber tu alejamiento 



38 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



y parecen dos enfermas 

que obedecieran a un muerto. 

Por tus pupilas azules, 

siento la angustia en mis huesos 

y sufren en la penumbra 

mis ojos y mis cabellos. 

Un agua fría, muy fría 

va cayendo en mi cerebro. 



Pone el sol sus ironías 
luminosas en los vidrios, 
y el yo se va de la vida 
como Mn doliente mendigo 
y pesa el cuerpo angustiado 
al moverse en el camino. 
Sólo esperan las pupilas: 
dos espectros que están vivos 
en el silencio del cuarto, 
viendo mi desequilibrio. 
Y la presienten mis manos. 



LAS MANOS JUNTAS 



39 



Se acercará como un ritmo 
sobre mis ojos abiertos, 
sobre mi cuerpo dormido. 
Y sentirá mi cerebro 
el sufrimiento infinito 
de las raíces que brotan 
y de quedarse florido. 



LOS OJOS HUMILDES 



SILENCIOSAMENTE 



Los dos, callados dolorosamente, 
en la penumbra del silencio. Acaso 
tú me verás en los bohemios tristes, 
de pupilas lejanas y abstraídas; 
en los artistas de semblantes pálidos 
que saben sonreir con abandono, 
con toda su doliente aristocracia. 
Yo te veré en las niñas luminosas; 
en los ojos azules que desmayan; 
en la tristeza de las manos lánguidas 
y en las cruces amigas de los templos. 



44 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



Y nunca te hablaré. Como neblina 
ha de flotar la seda del silencio 
sobre nuestros cabellos; y el espíritu 
se alegrará en la aurora de la luna 
y en los ojos alegres de los niños. 



Y cada día rodará doliente 
y alargará su curso en la penumbra. 
Y en los momentos de dormir, tus ojos 
se unirán a los míos que te buscan 
en la fatalidad del abandono. 



Y tendrás que reír. Serás alegre 
para la gente idiota; y una máscara 
tendrá tu corazón... y reiremos. 



LOCURA 



Cuando estoy en el lecho con los ojos abiertos 
diviso tu vestido de sombra y de humedad: 
vienes de los rincones, de esos cerebros muertos 
que dejaron de pensar. 



Locura, te sonríes con una risa fuerte, 
que no ha tenido nunca una mujer terrena, 
y siento tus pisadas resonar en la muerte 
como el ruido muy débil de un pie sobre la arena. 



46 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 




Locura, en el jardín haces crujir tus huesos. 
Arrancan los espíritus que se acercan a verme 
y hay en mi un balbuceo de los últimos rezos 
y mi espíritu sufre sin poder conocerme. 

¡Oh los miembros que esperan unos ojos irreales 
para sentir la vida que se pudre y no sana! 
¡Oh locura, doncella de ojos espirituales, 
aproxímame al sol y aroma la mañana. 

¡Oh locura, me agradan tus movimientos finos. 
Tú no has sentido nunca celos de mi imposible. 
Das sombra al corazón, cuando va en los caminos, 
bajo Dios que lo mira con el rostro impasible. 

Locura, reverencias mi amor y te arrodillas 
ante mi finamente con la humildad del siervo 
y afinan mis cabellos tus manos amarillas. 
¡Oh! tus manos fatales son las alas del cuervo. 









.- « 



I 



-1 



¡SU PASO! 



En mi largo morir ella se acerca, 
perfumando la onda del silencio, 
donde flota el aliento de la muerte. 
Sus manos impalpables acarician 
mi cabellera dolorosa y triste... 
Y todo languidece en la penumbra. 



Mi vida se reclina como un niño 
enfermo, de lo vago y de lo eterno 



48 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



Tras los cristales de la pieza obscura 
la vida se durmió como una música 
en las calles monótonas y tristes. 
En el silencio de la pieza, débil 
vibra mi corazón lejanamente, 
pareciendo alejarse de mi cuerpo. 



CREPÚSCULO 



Y sus ojos azules en la sombra 
conversan de la luna del camino, 
y siento que mi carne se disuelve, 
como aroma que trepa en el vacío 
y me duele el cerebro, con la angustia 
de otro corazón. 



Y seguirán los días, y tus ojos 
pondrán en la penumbra del silencio 
la luminosa santidad de una hostia. 
Mi sensibilidad y mi abandono, 
harán gemir la flor en los jardines; 
y el agua cantará sobre los mármoles 
en las tardes azules y tranquilas; 
y al verme sólo, grande y doloroso 
sorprenderé la vida de las cosas; 
del árbol que se eleva hacia la luna; 



50 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



del camino que sufre; del pantano 
que quisiera ser puro y transparente. 
Solo en la pieza donde todo es triste, 
envuelto en las volutas de mis versos, 
buscaré tus pupilas en la sombra, 
y vibrará mi corazón. 



Mi vida 
por tí, será de luna y de agonía. 
Alargaré mis brazos como náufragos 
para alcanzar tu sombra que se aleja, 
con el temblor de seda de las vírgenes 



Y en el silencio del amor, mis ojos 
vagarán por el campo de la nada, 
en la solemnidad de los crepúsculos, 
cuando las pinturas enrojecen 
en los salones tristes... 



LUMINOSA 



¿Qué la duquesa es mala? Es santa la duquesa. 
Por ella no he querido matarme todavía: 
ella trae jazmines que perfuman mi pieza, 
y canta alegremente para que me sonría. 



Sí; es santa. Si acaricio su dorada cabeza, 
siento como susurros en mi ánima vacía; 
y se aquieta el enorme lago de mi tristeza, 
donde, como una muerta, flota mi poesía. 



52 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



La duquesa perfuma todas mis soledades. 
Los caminos para ella florecen claridades... 
y su vestido blanco aclara mi agonía. 



Cuando me desespero, sus manos luminosas, 
juegan sobre mi espíritu, como dos mariposas. 
¡Por ella no he querido matarme todavía! 



¡OH CEREBRO DOLIENTE! 



¡Oh cerebro doliente que analizas la hora, 
la estrella, la sonrisa y los tonos del día! 
¡Oh cerebro doliente, donde duerme la aurora 
y cantan las campanas de mi última agonía! 




-t»iaaw 




¡Oh cerebro doliente, analítico y claro! 
¡Oh timón luminoso de una barca que boga 
por un mar negro y sólo, donde parece un faro 
la luna que a lo lejos resplandece y se ahoga! 



54 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



¡Oh cerebro que exploras el campo de la nada 
y ahondas en la vaga neblina del misterio! 
Tú sabes de la muerte: desgarró tu mirada 
más allá de los huesos del blanco cementerio. 



Tú conoces lo real y lo desconocido, 
donde el ruido enmudece y las alas empiezan; 
donde Dios se levanta como un árbol florido, 
donde cantan los ángeles y las vírgenes rezan. 



•tijuia 



LAS MANOS JUNTAS 



¡Oh cerebro doliente que analizas la hora, 
la estrella, la sonrisa y los tonos del dia. 
¡Oh cerebro doliente, donde duerme la aurora 
y cantan las campanas de mi última agonía! 



55 



en la madre que mira, en manos temblorosas 
y como una aureola, flotar en la tristeza. 



Tú que ves en la sombra las cosas imprevistas: 
pupilas que nos miran; astros desconocidos, 
blancas constelaciones, sueños de los artistas 
y vírgenes que aroman paraísos perdidos. 



Tú has visto las pupilas de Dios sobre las cosas 
en la estrella que tiembla, en la sombra que besa, 



LUZ... 



Ven a mi silencio 



Hermanita pequeña: 
acércate a la sombra de mi vida; 
permite que mis manos amarillas 
se santifiquen en tu cabellera: 
mis manos que se alargan, 
desgarradoramente en la penumbra. 
Hermanita pequeña: 
deja mirar tus ojos que sonríen, 
porque no saben nada de la vida: 
porque ves que te besan 



58 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



y hay luz en los jardines 

y mucha compasión para los niños. 

Deja mirar tus ojos 

con los míos enfermos de fastidio 

y habíame de Dios para que crea. 

Y en las noches eternas 

cuando siento el cerebro 

morirse en un dolor inacabable, 

junta tus manos finas 

y rézale a la virgen 

por la agonía del hermano triste, 

que siente que el espíritu se aleja 

con los ojos abiertos en la muerte. 



LOS CAMINOS 



Los caminos ondulan en las lejanías; 
los caminos se alargan como un sufrimiento: 
sobre ellos se mueren cansados los días 
amarillos y tristes del aburrimiento. 



Los caminos que tienen un árbol en flor; 
una sombra que cae como una caricia; 
los caminos benditos por Nuestro Señor: 
los caminos son puros como una novicia. 



6o 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



Caminos que alegra la esquila sonora, 
por donde vagamos un atardecer, 
mientras desmayada moría la hora 
de tonos azules, fragante a mujer. 



Caminos que vieron sus ojos perdidos, 
más allá de todo... más allá de todo;, 
sus ojos lejanos, sus ojos floridos 
que alzaban estrellas divinas del lodo. 



Caminos perdidos, lánguidos y buenos 
por donde, amarilla, muerta pasará: 
cerrados los ojos, dormidos los senos 
con la transparencia de la eternidad. 



DE MI IGLESIA 



LA VIDA MUERTA 



La vida languidece en los rincones, 
como araña que busca las tinieblas 
y teje fatalmente los minutos. 



¡Oh mujer imposible que se duerme 
en las playas de acero del enigma; 
los ojos se cansaron de esperarla 
y se volvieron mansos en la sombra. 
La alegría se fué como una música 



64 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



desvanecida lamentablemente; 
los actos bondadosos se durmieron 
como frutos maduros en el árbol, 
esperando la mano del silencio 
y los labios abiertos del amigo. 
Los movimientos débiles del cuerpo 
tienen fatalidades y son tristes, 
como el paso impreciso de los ciegos. 
Las pupilas quedaron resignadas, 
como los santos graves de la iglesia 
eternamente extáticos. Las manos — 
dos niños inexpertos — se movieron 
en locas correrías, sin objeto. 
La vida es vieja y nueva; los minutos 
crecieron como yerbas espontáneas 
y cuando el sol me bautizó el espíritu 
rió los regocijos infantiles. 



A VIVIR 



No he visto sus pupilas ni he sentido su halago. 
Las horas se doblegan sobre mi corazón; 
y todo es tan lejano, indiferente y vago, 
que semeja mi vida un ciego en un rincón. 



Mi silencio de seda espera la fragancia 
de su risa, que vuela como una mariposa. 
¿Dónde están sus pupilas? Morirá en la distancia 
como pintura antigua encantada y borrosa. 

5 



66 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



¿Y la hora lejana y blanca de morir 
no se acerca al silencio? Seguirán las mañanas, 
y será una ironía cada alegre lucir 
del sol en los cristales de las pobres ventanas. 



Acaso alguna tarde tercamente aburrida, 
su silueta en la hora doliente y desmayada, 
deje un perfume vago de muerte y despedida 
el último perfume que se elevó en su almohada. 



Y pasará a mi lado. Miraré sus pupilas: 
se hundirán en mi espíritu como anclas luminosas. 
Será la tarde de oro. Las almas intranquilas 
verán la indiferencia maligna de las cosas. 



Doblará lentamente la dorada cabeza 
y dejará un perfume y pasará sonriendo. 
...Y seguiré viviendo... y seguiré viviendo.. 



LA VOZ QUE VIENE 

Y tus ojos azules en las páginas, 
sentirán la agonía de mi espíritu 
en un largo morir maravilloso. 
Tus ojos me verán como un mendigo 
que ha juntado los párpados y tiembla, 
sujetando la luz de las visiones, 
que en la carne se duermen como niños 
que sienten miedo de los ojos malos. 

En tu mano mi vida fue el maduro 
fruto desprendido en el silencio. 



68 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



Se consumió mi sangre bellamente 
en el lento cedazo de mi sombra. 



Tú veras el dolor de los minutos 
que en mis versos se ajitan naufragando 
en un cáliz de estrellas, mi cerebro; 
Tú verás el impulso de mi vida 
exangüe, que te busca en el sijilo 
donde pasó tu pie como un aroma. 



Para ti fue mi corazón un mudo, 
que puso las preguntas en los ojos 
y en las manos, enfermas de esperarte. 



Fui débil como el perro que se encorva 
y que tiene los ojos ahondados 
de pensar en las cosas. 



DEL MOMENTO ÚLTIMO 



Una hora imprecisa. El cerebro dormía. 
Quise entreabrir los ojos; fué inútil el intento; 
y mi espíritu vio la postrera agonía 
de mi cuerpo, gusano frío y amarillento. 



Y no temió el espíritu; fue como una alegría 
ver la vida muñéndose de refinamiento, 
mientras el silencio de la pieza se abría 
como un ataúd en'^la quietud del momento 



70 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



En los párpados muertos sentí la caridad 
de sus ojos azules plenos de castidad, 
de sus ojos mirándome en la nada, perdidos, 
y sentí la impresión del árbol que se marchita. 
Abrió la eternidad su bóveda infinita 
y uno a uno cayeron ante Dios mis sentidos 



PURIFICACIÓN 



Purificarme en Dios como un asceta 
y esperar en silencio la venida 
de alguna aparición inevitable. 
Juntar los párpados: esos dos amigos 
que me impiden mirar el movimiento 
de las cosas vulgares y confusas 
que ponen un cilicio en las retinas; 
dejar las manos en quietud caídas 
en un sueño impreciso que modele 
la nebulosa azul de lo futuro. 



72 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



Purificarme en Dios, como el espíritu 
de la tarde, que en él se purifica; 
ser como una llama ondulatoria 
que se alce al movimiento de la estrella 
y que al mirarla tiemble el imposible. 
Y tener la blancura de Jesús 
en el momento de las bendiciones, 
cuando la luz fluía de sus manos. 
Que la nada enfermiza de la carne 
sea como un cristal donde se miren 
las pupilas abiertas del momento. 



¡Oh cilicio de verla en la maraña 
de los acontecimientos que se acercan 
y no tener la santidad del agua 
para darla un vestido luminoso. 
Purificarme para merecerla: 
ser torrente interior clarificado 
por el contacto de los pensamientos. 



ESCALA DE LUZ 



¡Oh mi escala de luz sobre la nada, 
escala sostenida por los actos 
tendida sobre las interrogaciones 
para auscultar la luz del imposible. 
Escala donde el pie de Jesucristo 
jamás se mancharía en maleficio. 
¡Oh escala del espíritu intangible 
por donde se deslizan las ideas; 
pálida hilera de crucificados 
reverentemente silenciosos. 



74 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



¡Oh mi escala de luz, desmenuzada 
en la agonía de un momento loco 
por una carcajada de la sombra! 
¿Y el apoyo de Dios? La poesía 
de los ojos azules del maestro 
tiene la gracia de los libros viejos 
que me hicieron llorar cuando era niño, 
la gracia azul de los caminos buenos 
donde hay una alegría momentánea 
para los ojos que ahondó el fastidio, 
para las manos que afinó la sombra 

¡Oh mi escala de luz! Todas las horas 

unidas de la mano se juntaron 

para extenderte sobre mi futuro 

como un puente de seda hacia el enigma, 

donde las telarañas del silencio 

han tejido los actos del mañana 

bajo la vista de Jesús que piensa. 



JUNTO AL MURO 






A MI FUTURO AGONIZANTE 



Antes de llegar vienes herido 
afirmando tus manos en el muro 
maravilloso de lo prohibido, 
como un agonizante. ¡Oh mi futuro! 



Aniquilado sin haber nacido, 
como el aborto de un planeta obscuro 
que no fué realidad en el latido 
milagroso de Dios. ¡Oh mi futuro! 



78 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



No alcanzarás a verme las retinas 
que tienen los matices de las ruinas. 
Morirás sin llegar a mis umbrales. 



No juntarás tu cuerpo con el mío; 
te irás despedazando en el vacío 
bajo los firmamentos infernales. 



REVERENTEMENTE 



Tu rostro en el silencio definido, 
con una lenta suavidad de orfebre, 
sobre el claro holocausto de mi vida, 
tiene el prestigio de una madre joven, 
bella, maravillosa y silenciosa. 



Mi refinamiento es un inválido, 
lisiado por la luz de los minutos 
y el éxtasis continuo de la sombra, 



8o 



ANGEi. C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



donde ponen los ojos santidades 
de niño triste y de convalesciente. 



Tu rostro en el silencio definido, 
tiene el prestigio de la madre pobre 
y el vago aroma de la hermana muerta, 
que mira de soslayo, tras la onda 
del silencio monstruoso. 



Cuando busco tu rostro, mis virtudes 
se adivinan más débiles y humildes 
y encorvadas se acercan a la vida, 
en un lento desfile de mendigos. 



^ 



Y persigo tu rostro en el silencio 
como el eco punzante de una voz, 
persiguiendo la sombra de una virgen. 



LAS MANOS JUNTAS 



Y no estás en el agua desmayada, 
ni en la paz femenina de la hostia... 



Para verte mi carne se disuelve 
y las manos se duermen como ancianos. 



8i 



Tu rostro en el silencio se define 
en los ojos solemnes de mi madre, 
cuando sufre mirándome ios ojos. 



i i 



DEL RUMOR OCULTO 





Sobre el regocijo sabio de mi virtud, 
de ser todo el silencio que no han violado aun, 
las voces terrenales ni el vuelo de la luz 
esperan las mortajas de mi decrepitud. 






'Tí; 



En el nocturno miedo, soy huraño y sutil 
y río con las muecas que ahondan el morir 
y entrego mis virtudes a la luz del jardín! 
¿Me conoces aun? Me he empezado a podrir. 



«Sjd® í;:«^a>-^íS»ír' vi^^i^'. 



84 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



Sobre la aldea augusta de mi serenidad, 
tu vida se disuelve como un viento de paz 
y vibras en mi ser como un débil cristal, 
que agitara una mano convulsa al espirar. 



LA VIDA AÚN 



Desolación enorme, 
como si un hijo mío se muriera — 
el primero, — el todo de mi sangre. 



Lamentablemente silencioso, 
sentí los pasos de lo inevitable. 






Con los ojos extáticos y agudos, 
lejanos a la pompa de la vida. 



86 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



LAS MANOS JUNTAS 



87 



contemplé la agonía de mi carne, 
el rostro taciturno de las cosas 
y Dios que se alejaba de mi suerte 
temiendo que mi mal lo lastimase. 



No podían los árboles floridos 
abrazar el milagro de mi espíritu, 
caritativos, con sus ramas tiernas, 
como los brazos de las madres jóvenes. 



No podía el camino resignado 
decirme sus parábolas cristianas; 
y todos mis sentidos se alejaban 
temblando hasta unos ojos. 



Y lloré en la oquedad de mi penumbra 
y apreté mi cilicio luminoso. 






i 



como si abrazara una reliquia 

y a Dios maravillado, en su silencio. 



Ya la carne murió sobre mi lecho 
y mi espíritu vibra como el agua, 
para alegrar los ojos de mi madre. 



MOMENTO HONDO 



Los niños bulliciosos corren por los sembrados 
y el sol se vuelve alegre y se encanta de todo. 
Un regocijo sabio, aclara mis pecados 
y se duerme mi vida exhausta en un recodo. 



¡Oh claridad del musgo que das serenidades, 
cual la mirada fuerte de algún asceta anciano! 
Sollozan en la luz las muertas castidades 
y siento la vergüenza de adivinarme humano. 



90 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



La armoniosa algazara sigue las golondrinas 
azules en el sol destrozado y benigno. 
De majestad se inundan los niños, las colinas 
y en medio de las cosas me considero indigno. 



Un regocijo aclara las cosas; un bullicio 
reviste las flaquezas de castas vestiduras. 
El sol sobre la muerte ha perdonado el vicio. 
¡Oh padre que comprendes las acciones impuras! 



Crepúsculo. Las manos se alegran; un impulso 
extraño las anima al vuelo, al movimiento. 
Mi corazón, amada, es el niño convulso 
que corre por el hosco camino ceniciento. 



Cógele en el vivir de estos momentos graves; 
después será un podrido impulso de la muerte. 
¿Mañana? Las estrellas muertas sobre las naves 
de las horas enfermas. No puedo aborrecerte. 



PARA EL AMIGO 



Me sereno y sonrío. Mis palabras 
únicas, serán para el amigo 
que adivinó en mis ojos el silencio 
augusto de los montes serenados, 
en la lumbre de Dios que santifica 
los labios juntos y los ojos tristes, 
que se quedaron quietos en la espera 
del milagro sutil, que se resbala 
de una mano benigna que no vemos. 



92 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



El amigo que vio serenamente 
mi sombra reflejarse contra el cielo, 
como la sombra de una torre trémula, 
y escuchó en el crepúsculo apacible 
el murmullo del eco de mi vida, 
que van desmenuzando los minutos. 



Para él, mis palabras eran tenues 
y se iban suavizando por el aire 
de un abismo despierto. 
Los otros, los vulgares, se reían 
con la pobre demencia del humano. 
¡Oh la santa virtud de los caminos 
ignorados y solos, que se duermen 
sin mostrar su bondad tranquilizada 
en el silencio enorme del crepúsculo. 



El amigo miraba los caminos 
taciturnos, que se hunden en la aldea 



LAS MANOS JUNTAS 



maravillosa de mis pensamientos, 
donde bajan los actos como nubes, 
para llevar la luz y el regocijo 
a los ojos humildes de los buenos 
que no dañan el agua del hermano. 



93 



El amigo sabía las palabras, 
antes que mis labios las dijeran; 
y descendió en el pozo de mi vida, 
miedosa de saberse descubierta. 
Las acciones venían a los ojos, 
esbeltas y desnudas, sonriendo 
con la gracia sedante de los niños. 
Las miraba el amigo, silenciosas 
y finas caminar seguramente, 
junto a Dios que sufría en las retinas 
la luz de ser tan grande. 



EL ABISMO SIN LUZ 



La oquedad infinita del abismo 
donde fueron los dioses impotentes, 
para morir, vencidos, con las manos 
podridas de miseria y las pupilas 
ancladas en el golfo de la muerte. 



El abismo sin límites, la cuna 
que mece corazones que no se abren 
en los senos nerviosos de las madres. 



96 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



Abismo que recoje las palabras 
locas, que se van por los caminos 
con los brazos abiertos a las cruces 
que forman las estrellas, en el rezo 
divino y armonioso de la noche. 



El abismo melódico se aclara, 
cuando tiemblan los pasos de una virgen, 
pasos que sienten el suplicio enorme 
de no volver atrás, donde agonizan 
los ojos claros del hermano triste. 



Lucifer — el señor de las hogueras — 
realza su perfil en el abismo 
y tiene la bondad del sufrimiento 
en la angustia suprema de los huesos, 
que sueñan disolverse. 



El abismo sin término. La onda 
sin color de la muerte, se desploma 



LAS MANOS JUNTAS 



97 



en el surco, tranquila, como un ritmo, 
de la venas de Dios. 



Los planetas hundidos en la sombra, 
como enormes volcanes apagados, 
presentan al vacío sus aristas, 
privadas de la luz maravillosa. 



El terrible rumor de las trompetas 
en el Juicio Final, será una música, 
que brote de las sombras de los muertos 
y vibre en los Arcángeles sutiles 
en la hora tremenda de los huesos. 



El abismo sin luz, la playa turbia 
donde todo timón se despedaza; 
el abismo sin luz, la blanda cuna, 
donde enrosca el silencio rus cabellos 
sobre el cráneo sonoro de la vida. 



¿su VIDA? 



Hace ruido mi sombra detrás de mi cerebro 
y sigo por las calles hundido en el momento, 
y ya no me conozco ^ide quién será mi cuerpo? 
¿de algún desconocido que vino del infierno? 
¡Oh sombra que me eclipsas! 
Escucho el tembloroso corazón de tu aliento; 
me muerden las arañas frías de tus cabellos. 



Y creo que soy yo, porque he pensado en Ti, 
arco del imposible, que pasaré al morir, 



I02 



ANGEl. C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



regio de maravillas, con el paso infantil 

y enorme y armonioso, porque he sido infeliz. 

Y creo que soy yo, porque he pensado en Ti. 



No sé como me llamo, ni recuerdo mi voz; 
pero siento la tuya, como algo que murió, 
y la escucha mi muerte como una vibración 
lejana y apacible del ala del Señor. 
No sé como me llamo ni recuerdo mi voz. 



LOS RINCONES 



No me pierdo en las calles, porque dejó mi mal 
una huella de Ti, de tu serenidad. 

¡Oh las huellas azules que esperándome están, 

como todos las madres que respirasen paz 

y unidas de la mano me sintieran pasar; 

Oh las huellas azules que esperándome están! 



Ellos parecen los ancianos tristes 
que se quedaron ciegos, en quietud 
y no hablaron con nadie. 



Ellos sienten la voz que se reúne 
como un haz de puñales en los cuartos 
y aspiran el perfume, 
que brota de los ojos virginales. 



I04 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



¡Oh, los rincones fríos que vigilan, 
como la sombra de los padres muertos! 
Ellos son los humildes y los tristes, 
que alegra la sonrisa de los niños 
y el claro corazón de las campanas. 



La luz en los rincones se fatiga: 
la luz teme morir sobre el tejido 
débil y obscuro de las telarañas. 



¡Oh rincones amigos, 
mi taciturno corazón os busca, 
cuando la carne echada se fastidia 
de no sentirse débil. 



CON LOS PÁRPADOS JUNTOS 



Contempla mis extrañas actitudes 

* 

y mira el retroceso de mi vida. 

¿Nó has sentido mi sombra en tus dominios? 

Debe llorar la muerte de mi cuerpo. 

Tanto me alejé de los humanos, 

que no conozco ni mi voz; mis pasos 

parecen de un extraño que se acerca, 

y tu silueta blonda es un enigma: 

¿La novia de un amigo? Y desfallezco 

porque sonríes en la hermana muerta. 



io6 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



¡Oh desvanecimiento de mi carne, 
afán de los umbrales taciturnos 
donde la muerte su perfil realza, 
ese perfil gemelo con el mío! 
,iY se pueden temer a los hermanos? 
Tu regocijo del momento claro, 
Tú que miraste los instintos muertos, 
que aventaron al soplo del infierno 
las alas atrevidas de los cuervos. 



¡Oh torre de la luz y del prodigio! 
Con los párpados juntos te conozco; 
me acerco a tus dominios, vacilante, 
herido por los siglos de los siglos, 
como un lucero que azotó Luzbel 
y rueda al corazón de Jesucristo. 
¿Te ríes de los juegos de los niños? 



LAS RAICES 



¡Oh raíces, mineros de la tierra, 
que buscáis algo nuevo, en la apacible 
región de un limbo obscuro y milagroso, 
para decirlo riendo en la alegría 
serena de los brotes, y en el ruido 
de la savia potente que circula 
por las venas del mundo! 



¡Oh raíces hundidas en mi carne, 
auscultando el momento luminoso 



io8 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARIA 



LAS MANOS JUNTAS 



109 



de mirar una nueva maravilUa 
que abra los ojos sabios! 
Raíces, apacibles caminantes, 
cansados de vagar en el silencio 
obscuro de la tierra. Las estrellas 
no han visto vuestros pasos diminutos 
y humildes, en la mística modestia 
de no mirar el rostro de la vida. 
Los corazones saben de vosotras! 
Conocen el latido imperceptible 
que hace temblar el árbol, con el miedo 
del niño solo, frente al cielo enorme. 



¡Oh raíces, las místicas que buscan 
a un Dios en el vacío de la sombra 
y no miran la luz: buenas raíces, 
ciegas y temblorosas en la marcha. 
Cuando el ?ígua os visita, el regocijo 
sonríe en un temblor que se prolonga 



II 



en desmayos sensuales y profundos. 
Rezando en el convento subterráneo 
miráis la pequenez de los humanos 
y la red de sus malos pensamientos. 
Vais a tientas, cansadas del cilicio 
de tanto meditar, contemplativas 
como las santas religiosas. 



¡Oh raíces de Dios en los planetas, 
laboradoras del futuro; manos 
que modelan el cuerpo de la vida. 
¡Oh los hombres ocultos que juntaron 
los párpados del alma, en un suplicio 
de Dios y de tristeza! Sus raíces 
sazonan espantosas maravillas. 
Raíces del silencio en los rincones 
— Ocasos que interrogan a un Mesías- 
que dé su sangre para redimirlos. 
¡Oh raíces punzantes del cerebro, 



no 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTA-MARÍA 



que sienten el tormento indefinible 
de las hermanas sumergidas! 
¿Y mis raíces siguen en la marcha 
o el curso detuvieron? 



«'^.ijSt 



SONRÍE AL MUNDO 



Tu debes sonreír, tienes un hijo; 
yo no tengo unos ojos heredados 
de los míos exangües y difusos. 



Su cabellera rubia se sonríe 
sobre la luz de las debilidades. 
Las manos diminutas son un puente 
para sentir la eternidad que tiembla. 



112 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



Tú debes sonreír, tienes un hijo; 
yo tengo palideces, y mi cuerpo, 
disuelta la maleza de la vida, 
ha perdido la sombra en el espejo. 
Yo no tengo ni sombra y me sonrío. 
¡Oh regocijo de los niños blondos! 
¡Ojos azules de los niños débiles! 
Manos diminutas, sois el triunfo 
sobre mi muerte rítmica y viviente. 



Tú debes sonreír, tus manos claras^ 
sintieron la alegría del retoño, 
como si el agua entrara por los dedos. 
Mis manos se sonríen en tu sombra, 
como dos ciegos que a la luz volvieran 



Hijo que no viniste por el tosco 
recinto de mi cuerpo, tus latidos 



LAS MANOS JUNTAS 



113 



los siento, los presiento, temblorosos, 
como si un miedo enorme te anudara 
la luz en los umbrales de mi vida 
¿Has sentido la muerte de tu padre? 



^4^ 



ÍNDICE 



PÁGS. 






Para usted 7 

Prólogo 9 

LA SOMBRA ARMONIOSA 

Humedad 21 

Mi sombra • 23 

A mis padres • 25 

Brotes de luz 27 

Del abandono 29 

Espíritu 31 

Silencio mío 35 

Padecimiento 37 



ii6 



ÁNGEL C. CRUCHAGA SANTAMARÍA 



PÁGS. 



LOS OJOS HUMILDES 

Silenciosamente , 43 

Locura 45 

¡Su paso! 47 

Crepúsculo 49 

Luminosa 51 

¡Oh cerebro doliente! 53 

Luz 57 

Los caminos 59 

DE MI IGLESIA 

La vida muerta 63 

A vivir 65 

La voz que viene 67 

Del momento último 69 

Purificación 71 

Escala de luz ; 73 

JUNTO AL MURO 

A mi futuro agonizante ^-j 

Reverentemente 79 

Del rumor oculto 83 



LAS MANOS JUNTAS 



117 



PÁGS. 

La vida aun '. 85 

Momento hondo 89 

Para el amigo 91 

El abismo sin luz 95 

EL ÚLTIMO UMBRAL 

¿Su vida? I o I 

Los rincones 103 

Con los párpados juntos 105 

Las raíces 1 07 

Sonríe al mundo lU 



^4^ 






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